Sobre la estupidez de Robert Musil (2.10.2026)

Un pequeño abuso de este formato. Mi libertad artística.
Un fragmento diminuto de este discurso circulaba por algún lugar de Facebook o Instagram. Busqué y encontré el texto en PDF, accesible gratuitamente. Como probablemente la mayoría de la gente, hoy leo casi todo en el móvil. Para eso, el formato PDF ya resulta bastante insufrible. Naturalmente, el propio texto también. Por su extensión. Por su lenguaje. Por las palabras que en parte ya no se utilizan hoy. Pero también por la exigencia que encierran sus formulaciones y sus frases, a veces muy entrelazadas. Hoy ya no se escribe ni se habla así. Quizá se deba también a que todos nos hemos vuelto más estúpidos.
¿Por qué este texto? Me interpeló de muchas maneras. La belleza del lenguaje y la estética del discurso. La variedad de aspectos de este tema. Muchas cosas que hoy ya no se podría o debería escribir de este modo. Cosas que, precisamente por eso, también transmiten historia. Y, por último, sus reflexiones finales acerca de los significados. Porque ese también es mi tema.
No tengo ni idea de cómo se lee el texto en otros idiomas... también es un experimento.

Musil:

¡Señoras y señores!
Quien se atreve a hablar de la estupidez corre hoy el peligro de salir perjudicado de muy diversas maneras; puede interpretarse como una arrogancia, incluso como una perturbación del desarrollo contemporáneo. Yo mismo escribí hace ya algunos años: «Si la estupidez no se pareciera hasta confundirse con ellos al progreso, al talento, a la esperanza o a la mejora, nadie querría ser estúpido».

Eso fue en 1931; ¡y nadie osará dudar de que el mundo ha conocido desde entonces nuevos progresos y mejoras! Así surge poco a poco cierta urgencia en la pregunta: ¿qué es en realidad la estupidez?

Tampoco quisiera pasar por alto que, como poeta, conozco la estupidez desde mucho antes; ¡hasta podría decir que en ocasiones he mantenido con ella una relación colegial! Y en cuanto un hombre abre los ojos en el ámbito de la poesía, se encuentra además ante una resistencia casi indescriptible, capaz, al parecer, de adoptar todas las formas:

ya sea una forma personal, como la digna figura de un profesor de historia de la literatura que, acostumbrado a apuntar a distancias incontrolables, yerra desastrosamente el tiro en el presente;

ya sea una forma general y aérea, como la transformación del juicio crítico por el comercial, desde que Dios, en su bondad difícilmente comprensible para nosotros, concedió también el lenguaje humano a los productores de películas sonoras.

Ya he descrito alguna vez uno u otro de varios fenómenos semejantes; pero no es necesario repetirlo ni completarlo (y, al parecer, incluso sería imposible, dada la tendencia a la grandeza que hoy tiene todo): basta con destacar como resultado seguro que la constitución inartística de un pueblo no se manifiesta únicamente en malos tiempos y de manera ruda, sino también en los buenos y de todas las maneras posibles, de modo que la opresión y la prohibición solo se diferencian en grado de los doctorados honoris causa, los nombramientos académicos y la concesión de premios.

Siempre he supuesto que esta multiforme resistencia de un pueblo que presume de amar el arte contra el arte y el espíritu más delicado no era sino estupidez, quizá una variedad especial de ella, una estupidez artística y tal vez también sentimental; que, en cualquier caso, se manifestaba de tal modo que lo que llamamos refinamiento espiritual sería al mismo tiempo refinada estupidez; y tampoco hoy veo demasiadas razones para apartarme de esta opinión.

Naturalmente, no puede achacarse a la estupidez todo aquello que desfigura una preocupación tan plenamente humana como el arte; como han enseñado en particular las experiencias de los últimos años, también debe quedar espacio para las distintas formas de falta de carácter.
Pero no se debería objetar que el concepto de estupidez no tiene nada que hacer aquí porque se refiere al entendimiento y no a los sentimientos, mientras que el arte depende de estos.
Eso sería un error.
Incluso el goce estético es juicio y sentimiento. Y les ruego que me permitan añadir a esta gran fórmula, que he tomado prestada de Kant, no solo el recuerdo de que Kant habla de una facultad de juicio estética y de un juicio del gusto, sino también repetir de inmediato las antinomias a las que conduce:

Tesis: el juicio del gusto no se funda en conceptos, pues de otro modo podría disputarse sobre él (decidirse mediante una prueba).

Antítesis: se funda en conceptos, pues de otro modo ni siquiera podría discutirse sobre él (buscar una concordancia).

Y ahora quisiera preguntar si un juicio semejante, con una antinomia semejante, no subyace también a la política y al desconcierto de la vida sin más. ¿Y no cabe esperar, allí donde habitan el juicio y la razón, también a sus hermanas y hermanitas, las distintas formas de la estupidez?
Hasta aquí sobre su importancia. Erasmo de Róterdam escribió en su delicioso y aún vigente «Elogio de la locura» que, sin ciertas estupideces, el ser humano ni siquiera vendría al mundo.

*

Muchas personas manifiestan una sensación del dominio tan atentatorio contra el pudor como poderoso que la estupidez ejerce sobre nosotros mostrándose amable y conspirativamente sorprendidas en cuanto oyen que alguien en quien confían se propone invocar por su nombre a este monstruo.
No solo pude vivir esta experiencia al principio en mí mismo, sino que pronto descubrí también su validez histórica cuando, buscando predecesores en el estudio de la estupidez —de los que, sorprendentemente, he llegado a conocer muy pocos; ¡pero los sabios parecen preferir escribir sobre la sabiduría!—, un amigo erudito me envió la edición impresa de una conferencia pronunciada en 1866 cuyo autor había sido Joh. Ed. Erdmann, discípulo de Hegel y profesor en Halle.
Esta conferencia, titulada «Sobre la estupidez», comienza diciendo que ya su anuncio había sido recibido con risas; y desde que sé que algo así puede ocurrirle incluso a un hegeliano, estoy convencido de que esta conducta de las personas hacia quienes quieren hablar de la estupidez encierra algo particular, y me siento muy inseguro en la convicción de haber desafiado a una fuerza psicológica poderosa y profundamente ambivalente.

Por eso prefiero confesar enseguida la debilidad en la que me encuentro frente a ella: no sé qué es. No he descubierto ninguna teoría de la estupidez con cuya ayuda pudiera atreverme a redimir el mundo; es más, ni siquiera dentro de los límites de la reserva científica he encontrado una investigación que la haya convertido en su objeto, ni tampoco un acuerdo que, para bien o para mal, se hubiera alcanzado respecto de su concepto al tratar asuntos relacionados. Puede que eso se deba a mi desconocimiento, pero es más probable que la pregunta «¿Qué es la estupidez?» se corresponda tan poco con los hábitos de pensamiento actuales como las preguntas por lo que sean la bondad, la belleza o la electricidad.

No obstante, no deja de atraer el deseo de formarse este concepto y responder con la mayor sobriedad posible a una cuestión previa de toda vida; por eso también yo sucumbí un día a la pregunta de qué sería «realmente» la estupidez, y no de cómo desfila, cuya descripción habría correspondido mucho más a mi deber y habilidad profesionales. Y como no quería valerme de recursos poéticos ni podía hacerlo de manera científica, lo intenté del modo más ingenuo, como suele ser natural en estos casos: seguí sencillamente el uso de la palabra estúpido y su familia, busqué los ejemplos más habituales y traté de relacionar lo que iba anotando.

Por desgracia, tal procedimiento siempre tiene algo de cacería de mariposas de la col: uno persigue durante un rato, sin perderlo, lo que cree observar, pero como desde otras direcciones llegan, siguiendo idénticos zigzags, otras mariposas muy parecidas, pronto deja de saber si continúa detrás de la misma. Así, tampoco los ejemplos de la familia de la estupidez permitirán distinguir siempre si continúan vinculados realmente en su origen o si solo conducen exterior e inadvertidamente la observación de una cosa a otra; y no será nada fácil meterlos bajo un mismo sombrero del que pueda decirse que pertenece de verdad a un estúpido.

*

En tales circunstancias resulta casi indiferente cómo se empieza; empecemos, pues, de cualquier manera: quizá lo mejor sea hacerlo directamente con la dificultad inicial de que todo aquel que quiera hablar de la estupidez o asistir con provecho a semejante conversación debe presuponer que no es estúpido; y exhibe así que se considera inteligente, ¡aunque hacerlo se tiene generalmente por signo de estupidez!

Si ahora abordamos la cuestión de por qué se considera estúpido exhibir que uno es inteligente, primero se impone una respuesta que parece llevar encima el polvo del mobiliario de los antepasados: sostiene que es más prudente no mostrarse inteligente. Es probable que esta cautela profundamente desconfiada, a primera vista ya del todo incomprensible hoy, proceda de circunstancias en las que para el débil era realmente más inteligente no pasar por inteligente: ¡su inteligencia podía costarle la vida al fuerte! La estupidez, en cambio, adormece la desconfianza; «desarma», como todavía se dice hoy.

En efecto, aún se encuentran huellas de esa antigua astucia y de esa listeza estúpida en relaciones de dependencia donde las fuerzas están distribuidas de manera tan desigual que el débil busca su salvación fingiendo ser más estúpido de lo que es; aparecen, por ejemplo, como la llamada astucia campesina, después en el trato de los sirvientes con los señores de lengua educada, en la relación del soldado con el superior, del alumno con el maestro y del niño con los padres. A quien posee el poder le irrita menos que el débil no pueda que que no quiera. La estupidez incluso lo lleva «a la desesperación», es decir, inequívocamente a un estado de debilidad.
Con ello concuerda de maravilla que la inteligencia lo ponga fácilmente «en pie de guerra». Se aprecia sin duda en el subordinado, pero solo mientras vaya unida a una entrega incondicional. En cuanto le falta este certificado de buena conducta y resulta incierto si sirve al beneficio del dominante, se la llama menos inteligente que impertinente, insolente o taimada; y a menudo surge una relación como si atentara al menos contra el honor y la autoridad del dominante, aun cuando no amenace realmente su seguridad.

En la educación, esto se expresa en que un alumno dotado y rebelde es tratado con mayor vehemencia que uno que se resiste por torpeza. En la moral ha conducido a la idea de que una voluntad debe ser tanto más mala cuanto mejor sea el conocimiento contra el que actúa.

Ni siquiera la justicia ha quedado del todo al margen de este prejuicio personal y suele juzgar con especial desfavor la ejecución inteligente de un delito, calificándola de «refinada» e «insensible».

Y que cada cual tome de la política los ejemplos allí donde los encuentre.

Pero también la estupidez —habrá que objetar aquí— puede irritar y no apacigua en modo alguno bajo cualquier circunstancia.

En pocas palabras, suele provocar impaciencia, pero en casos extraordinarios provoca también crueldad; y los repugnantes excesos de esta crueldad patológica, comúnmente llamados sadismo, muestran con bastante frecuencia a personas estúpidas en el papel de víctimas.
Evidentemente, esto se debe a que caen con mayor facilidad que otros en manos del cruel; pero también parece guardar relación con que su falta de resistencia, palpable por todos lados, enloquece la imaginación como el olor de la sangre el ansia de caza y la atrae hacia un yermo donde la crueldad va «demasiado lejos» casi únicamente porque ya no encuentra límite alguno.

Es un rasgo de sufrimiento en el propio causante del sufrimiento, una debilidad incrustada en su brutalidad; y aunque la indignación privilegiada de la compasión ofendida rara vez permite advertirlo, también para la crueldad, como para el amor, hacen falta dos que encajen entre sí. Sería ciertamente bastante importante discutir esto en una humanidad tan atormentada como la actual por su «crueldad cobarde contra los débiles» (que es, sin duda, la paráfrasis más habitual del sadismo); pero en consideración al hilo principal de la relación que se persigue y a la apresurada recolección de los primeros ejemplos, incluso lo dicho al respecto debe considerarse ya una digresión, y en conjunto no cabe extraer de ello más que esto: puede ser estúpido alabarse como inteligente, pero no siempre es inteligente suscitar fama de estúpido.

Nada puede generalizarse a partir de ello; o la única generalización admisible ya aquí tendría que ser que lo más inteligente es llamar lo menos posible la atención en este mundo. Y, en efecto, esta raya final bajo toda sabiduría no ha sido trazada precisamente pocas veces.

Pero con mayor frecuencia aún solo se hace un uso a medias o meramente simbólico y representativo de este resultado misántropo, y entonces lleva la reflexión al círculo de los preceptos de modestia y de otros preceptos aún más amplios, sin abandonar del todo el terreno de la estupidez y la inteligencia.
Tanto por miedo a parecer estúpidas como por miedo a vulnerar el decoro, muchas personas se consideran inteligentes, pero no lo dicen. Y si, no obstante, se sienten obligadas a hablar de ello, lo expresan mediante rodeos, diciendo por ejemplo de sí mismas: «No soy más estúpido que los demás».
Más popular aún es formular, con la mayor indiferencia y objetividad posibles, la observación: «Creo poder decir de mí que poseo una inteligencia normal». Y a veces la convicción de la propia inteligencia aparece también por la puerta trasera, como en la expresión: «¡No dejaré que me tomen por tonto!».

Tanto más notable resulta que no solo el individuo secreto se considere en sus pensamientos sumamente inteligente y bien dotado, sino que también el hombre que actúa históricamente, en cuanto tiene poder para ello, dice o hace decir de sí que es inteligente, ilustrado, digno, sublime y clemente sin medida, elegido por Dios y llamado por la Historia.
Sí, también le gusta decirlo de otro cuyo reflejo siente que lo ilumina. Eso ha quedado petrificado en títulos y tratamientos como Majestad, Eminencia, Excelencia, Magnificencia, Gracia y otros semejantes, apenas ya animados por la conciencia; pero reaparece de inmediato con plena vitalidad cuando el ser humano habla hoy como masa.

En especial, cierta clase media baja del espíritu y del alma carece por completo de vergüenza ante la necesidad de arrogancia en cuanto aparece al amparo del partido, la nación, la secta o la corriente artística y puede decir Nosotros en vez de Yo.
Con una reserva que se entiende por sí sola y puede dejarse aparte, esta arrogancia también puede llamarse vanidad; y el alma de muchos pueblos y Estados está dominada hoy por sentimientos entre los que la vanidad ocupa indiscutiblemente uno de los primeros lugares. Pero desde antiguo existe una relación íntima entre la estupidez y la vanidad, y quizá esta proporcione una pista. Una persona estúpida suele parecer vanidosa ya por faltarle la inteligencia necesaria para ocultarlo; pero, en realidad, ni siquiera hace falta eso, pues el parentesco entre estupidez y vanidad es inmediato: una persona vanidosa causa la impresión de rendir menos de lo que podría; se parece a una máquina que deja escapar su vapor por una fuga. El viejo dicho «Estupidez y orgullo crecen en la misma madera» no significa otra cosa, como tampoco la expresión según la cual la vanidad «ciega».

Es realmente la expectativa de un rendimiento menor lo que asociamos con el concepto de vanidad, pues la palabra «vano» significa en su acepción principal casi lo mismo que «inútil». Y esta reducción del rendimiento se espera incluso allí donde en realidad hay rendimiento: vanidad y talento no es raro que estén unidos; pero entonces recibimos la impresión de que podría lograrse más si el vanidoso no se lo impidiera a sí mismo. Esta persistente representación de la merma del rendimiento se revelará más tarde también como la representación más general que tenemos de la estupidez.

Pero, como es sabido, la conducta vanidosa no se evita solo porque pueda ser estúpida, sino principalmente también como perturbación del decoro. «El elogio propio apesta», dice una sentencia rotunda, y significa que fanfarronear, hablar mucho de uno mismo y jactarse no solo se consideran poco inteligentes, sino también indecorosos.

Si no me equivoco, las exigencias del decoro que con ello se vulneran pertenecen a los múltiples mandamientos de contención y distancia destinados a proteger la presunción propia, presuponiendo que esta no es menor en el otro que en uno mismo. Tales mandamientos de distancia se dirigen también contra el uso de palabras demasiado francas, regulan el saludo y el tratamiento, no permiten que uno contradiga a otro sin disculparse ni que una carta empiece por la palabra Yo; en suma, exigen observar ciertas reglas para que nadie «se acerque demasiado» a otro. Su tarea consiste en equilibrar y allanar el trato, facilitar el amor al prójimo y a uno mismo y mantener, por así decirlo, una temperatura media de las relaciones humanas; y tales preceptos se encuentran en toda sociedad, incluso más en la primitiva que en la altamente civilizada; también la sociedad animal sin palabras los conoce, como puede leerse fácilmente en muchas de sus ceremonias.

En el sentido de estos mandamientos de distancia, sin embargo, no solo está prohibido alabarse a uno mismo, sino también alabar a otros de manera importuna.
Decirle a alguien a la cara que es un genio o un santo sería casi tan monstruoso como afirmarlo de uno mismo; y embadurnarse uno mismo la cara y arrancarse el pelo no sería, según el sentir actual, mejor que insultar a otro. Uno se conforma con observar que no es precisamente más estúpido o peor que los demás, como ya se ha mencionado.
Son evidentemente las manifestaciones desmesuradas e indisciplinadas las que están proscritas en circunstancias ordenadas.

Y puesto que antes se habló de la vanidad con la que pueblos y partidos se sobrevaloran hoy respecto a su ilustración, debe añadirse ahora que la mayoría que se desahoga —al igual que el megalómano individual en sus ensoñaciones— no solo tiene arrendada la sabiduría, sino también la virtud, y se considera valiente, noble, invencible, piadosa y hermosa; y que existe en el mundo una especial tendencia a que las personas, cuando aparecen en gran número, se permitan todo lo que les está prohibido individualmente.
Estos privilegios del Nosotros engrandecido dan hoy directamente la impresión de que la creciente civilización y domesticación de la persona individual debe compensarse mediante una descivilización de las naciones, los Estados y las comunidades ideológicas que crece en la proporción adecuada; y en ello se manifiesta claramente una perturbación afectiva, una alteración del equilibrio afectivo, que en el fondo precede a la oposición entre Yo y Nosotros y también a toda valoración moral. Pero ¿sigue siendo esto —habrá que preguntar— estupidez, guarda siquiera aún alguna relación con la estupidez?

¡Estimados oyentes! ¡Nadie lo duda!

Pero antes de responder, tomemos aliento con un ejemplo que no carece de encanto. Todos nosotros, aunque sobre todo nosotros los hombres, y especialmente todos los escritores conocidos, conocemos a la dama que desea a toda costa confiarnos la novela de su vida y cuya alma, al parecer, se ha encontrado siempre en circunstancias interesantes sin que se haya producido un resultado, que más bien espera de nosotros.
¿Es estúpida esta dama? Algo procedente de la abundancia de impresiones suele susurrarnos: ¡lo es! Pero tanto la cortesía como la justicia exigen conceder que no lo es enteramente y siempre.
Habla mucho de sí misma y, en general, habla mucho.
Juzga con mucha rotundidad y sobre todo.
Es vanidosa e inmodesta.
Nos da lecciones a menudo.
Por lo común, su vida amorosa no está en orden y, en general, la vida no acaba de salirle bien.
Pero ¿acaso no hay otras clases de personas a las que también se aplica todo o la mayor parte de esto?
Hablar mucho de uno mismo es, por ejemplo, también una mala costumbre de los egoístas, de los inquietos e incluso de cierta clase de melancólicos.

Y todo junto se aplica sobre todo a la juventud; en ella, hablar mucho de sí misma, ser vanidosa, aleccionadora y no estar del todo en orden con la vida forma parte directamente de los fenómenos del crecimiento; en una palabra, mostrar exactamente las mismas desviaciones de la inteligencia y el decoro, sin ser por ello estúpida ni más estúpida de lo que está condicionado de forma natural por el hecho de que —todavía no se ha vuelto inteligente!

¡Señoras y señores! Los juicios de la vida cotidiana y de su conocimiento de las personas suelen acertar, pero por lo común también yerran. No han nacido en aras de una doctrina correcta, sino que en realidad no representan más que movimientos mentales de aprobación y rechazo. Así pues, este ejemplo solo enseña también que algo puede ser estúpido sin tener que serlo, que el significado cambia con la relación en que aparece una cosa y que la estupidez está densamente entretejida con otras cosas, sin que sobresalga por ninguna parte el hilo que permitiría deshacer el tejido de un tirón.
Incluso el genio y la estupidez están indisolublemente unidos, y la humanidad elude de un modo peculiar la prohibición, bajo amenaza de ser considerada estúpida, de hablar mucho y hablar mucho de sí misma: por medio del poeta.
En nombre de la humanidad, este puede contar que la comida le ha gustado o que el sol está en el cielo, puede revelarse, divulgar secretos, hacer confesiones, rendir cuentas personales sin miramientos (¡al menos muchos poetas insisten en ello!); y todo parece exactamente como si la humanidad se permitiera aquí, como excepción, algo que en otras circunstancias se prohíbe. De este modo habla incesantemente de sí misma y, con ayuda del poeta, ha contado ya millones de veces las mismas historias y experiencias, variando solo las circunstancias, sin que de ello haya resultado para ella progreso alguno ni ganancia de comprensión: ¿no debería, al final, resultar también sospechosa de estupidez por el uso que hace de su poesía y por la adaptación de esta a tal uso? Por mi parte, no lo considero en absoluto imposible.

Entre los ámbitos de aplicación de la estupidez y la inmoralidad —esta última palabra entendida en el sentido más amplio hoy inusual, que significa casi lo mismo que falta de espíritu, pero no falta de entendimiento— existe en cualquier caso una complicada identidad y diferencia. Y esta pertenencia conjunta es sin duda semejante a como Joh. Ed. Erdmann la expresó en un pasaje importante de su conferencia antes mencionada con las palabras de que la brutalidad era «la práctica de la estupidez». Dijo: «Las palabras no son... la única manifestación de un estado de ánimo. Este también se revela en los actos. Lo mismo ocurre con la estupidez. No solo ser estúpido, sino actuar como tal, cometer estupideces» —es decir, la práctica de la estupidez— «o la estupidez en Acción, la llamamos brutalidad». Esta seductora afirmación enseña nada menos que la estupidez es un defecto del sentimiento, ¡pues la brutalidad sí lo es! Y esto conduce directamente de vuelta hacia aquella «perturbación afectiva» y «alteración del equilibrio afectivo» que ya pudo mencionarse de pasada sin haber hallado explicación.

Tampoco la explicación contenida en las palabras de Erdmann puede coincidir del todo con la verdad, pues, aparte de que solo apuntaba a la persona individual ruda e inculta en oposición a la «formación» y no abarcaba en modo alguno todas las formas de aplicación de la estupidez, tampoco la brutalidad es solo estupidez ni la estupidez solo brutalidad; por eso queda aún mucho por explicar en la relación entre afecto e inteligencia cuando se unen para formar la «estupidez aplicada», algo que primero, y preferiblemente de nuevo mediante ejemplos, debe ponerse de relieve.

*

Para que los contornos del concepto de estupidez destaquen correctamente, es necesario ante todo relajar el juicio de que la estupidez sea única o principalmente una carencia de entendimiento; pues ya se ha mencionado que la representación más general que tenemos de ella parece ser la del fracaso en las actividades más diversas, la de la deficiencia física e intelectual sin más.
Hay para ello en nuestros dialectos nacionales un ejemplo expresivo: la designación de la dureza de oído, es decir, de un defecto físico, mediante la palabra «derisch» o «terisch», que probablemente significa «törisch», necio, y con ello se aproxima a la estupidez. Pues el reproche de estupidez se utiliza popularmente de la misma manera también en otros casos.

Cuando un competidor flojea o comete un error en el momento decisivo, dice después: «¡Estaba como bloqueado!» o «¡No sé dónde tenía la cabeza!», aunque la participación de la cabeza en la natación o el boxeo pueda considerarse, con todo, vagamente delimitada. Del mismo modo, entre muchachos y compañeros de deporte se llamará estúpido a quien se muestre torpe, aunque sea un Hölderlin. También hay circunstancias comerciales en las que una persona que no sea astuta y sin escrúpulos pasa por estúpida. En conjunto, estas son las estupideces correspondientes a formas de inteligencia más antiguas que la que hoy goza públicamente de estima; y, si estoy bien informado, en la época germánica antigua no solo las concepciones morales, sino también los conceptos de lo que es entendido, experimentado y sabio, es decir, los conceptos intelectuales, estaban relacionados con la guerra y la lucha.

Así, cada inteligencia tiene su estupidez, e incluso la psicología animal ha descubierto en sus pruebas de inteligencia que a cada «tipo de rendimiento» se le puede asignar un «tipo de estupidez».
Si se quisiera, por tanto, buscar un concepto absolutamente general de inteligencia, de estas comparaciones surgiría aproximadamente el concepto de competencia, y todo lo incompetente podría llamarse entonces en ocasiones también estúpido; en realidad, así ocurre incluso cuando la competencia correspondiente a una estupidez no es llamada literalmente inteligencia. Qué competencia ocupa el primer plano y llena en una época con su contenido el concepto de inteligencia y estupidez depende de la forma de vida.

En tiempos de inseguridad personal, la astucia, la violencia, la agudeza de los sentidos y la destreza física se plasmarán en el concepto de inteligencia; en tiempos de una actitud vital espiritualizada —con las salvedades lamentablemente necesarias también puede decirse: burguesa—, el trabajo intelectual ocupa su lugar. Dicho con mayor precisión, debería hacerlo el trabajo superior del espíritu, pero el curso de las cosas lo ha convertido en el predominio del rendimiento del entendimiento, escrito en el rostro vacío de la humanidad atareada bajo la frente dura; y así se ha llegado a que hoy inteligencia y estupidez, como si no pudiera ser de otro modo, se refieran únicamente al entendimiento y a los grados de su competencia, aunque eso sea más o menos unilateral.

La idea general de incompetencia vinculada desde el origen con la palabra estúpido —tanto en el sentido de incompetencia para todo como en el de cualquier incompetencia particular— ha tenido también una consecuencia bastante llamativa: que «estúpido» y «estupidez», por significar incapacidad general, pueden sustituir ocasionalmente a cualquier palabra destinada a designar una incapacidad especial. Esta es una de las razones por las que el reproche mutuo de estupidez está hoy tan monstruosamente extendido. (En otro contexto, también es la causa de que resulte tan difícil delimitar el concepto, como han mostrado nuestros ejemplos.) Basta mirar las anotaciones que aparecen en los márgenes de novelas exigentes que han circulado durante largo tiempo en el tráfico casi anónimo de las bibliotecas de préstamo; aquí, donde el lector está a solas con el poeta, su juicio se expresa preferentemente con la palabra «¡estúpido!» o con sus equivalentes, como «¡idiota!», «¡disparate!», «¡estupidez indecible!» y otros semejantes.
Y esas son asimismo las primeras palabras de indignación cuando el ser humano, en representaciones teatrales o exposiciones de pintura, se enfrenta en masa al artista y se escandaliza.

También habría que recordar aquí la palabra «kitsch», tan popular como ninguna otra como primer juicio entre los propios artistas, sin que, al menos que yo sepa, pueda determinarse su concepto ni explicarse su aplicabilidad, salvo mediante el verbo «verkitschen», que en el uso dialectal significa algo así como «vender por debajo del precio» o «malbaratar». «Kitsch» tiene, pues, el significado de mercancía demasiado barata o de saldo, y creo que este sentido, trasladado naturalmente al ámbito espiritual, puede encontrarse como base cada vez que la palabra se emplea inconscientemente de manera correcta.
Como la mercancía de saldo y los trastos entran en la palabra principalmente por el significado asociado a ellos de mercancía inepta e inservible, mientras que la incompetencia y la inutilidad forman también la base del empleo de la palabra estúpido, apenas es exagerado afirmar que tendemos a calificar de «estúpido de algún modo» todo cuanto no nos parece bien, ¡sobre todo cuando, aparte de eso, fingimos estimarlo como elevado o espiritualmente refinado!

Y para determinar ese «de algún modo» es significativo que el uso de las expresiones de estupidez esté íntimamente penetrado por otro que abarca las expresiones igualmente imperfectas para lo vulgar y moralmente repugnante, lo que devuelve la mirada a algo que ya le había llamado la atención: la comunidad de destino de los conceptos «estúpido» e «indecente». Pues no solo «kitsch», expresión estética de origen intelectual, sino también las palabras morales «¡porquería!», «¡repugnante!», «¡horrible!», «¡enfermizo!», «¡insolente!» son críticas de arte y juicios sobre la vida en forma nuclear y no desarrollada.
Tal vez estas expresiones contengan aún un esfuerzo intelectual, una diferencia de significado, aunque se utilicen indistintamente; entonces, como último sustituto, aparece la exclamación que ya es realmente medio muda: «¡Qué vileza!», que reemplaza todo lo demás y puede compartir con «¡Qué estupidez!» el dominio del mundo. Pues evidentemente ocurre que estas dos palabras pueden sustituir ocasionalmente a todas las demás porque «estúpido» ha asumido el significado de incompetencia general y «vil» el de infracción general de las costumbres; y si se escucha lo que hoy dicen las personas unas de otras, parece que el autorretrato de la humanidad, tal como surge sin vigilancia de retratos colectivos recíprocos, está mezclado únicamente con variaciones de estas dos palabras descoloridas.

Quizá merezca la pena reflexionar sobre ello. Sin duda, ambas representan el nivel más bajo de un juicio que no llega a desarrollarse, una crítica todavía por completo inarticulada que siente que algo es falso, pero no sabe indicar qué. El uso de estas palabras es la expresión defensiva más simple y peor que puede encontrarse; constituye el comienzo de una réplica y ya también su final. Tiene algo de «cortocircuito» y se comprende mejor si se tiene en cuenta que Estúpido y Vil, signifiquen lo que signifiquen, también se utilizan como insultos.

Pues es sabido que el significado de los insultos no reside tanto en su contenido como en su uso; y muchos de nosotros quizá amen a los burros, pero se ofenderán si los llaman así. El insulto no representa lo que figura, sino una mezcla de representaciones, sentimientos e intenciones que no es capaz en absoluto de expresar, sino solo de señalar. Dicho sea de paso, tiene esto en común con las palabras de moda y los extranjerismos, por lo que estos parecen imprescindibles incluso cuando podrían sustituirse perfectamente. Por esta razón hay también en los insultos algo inimaginablemente excitante que sin duda concuerda con su intención, pero no con su contenido; y quizá se muestre con mayor claridad en los apodos burlones y las palabras de mofa de los jóvenes: un niño puede decir «¡Busch!» o «¡Moritz!» y con ello llevar a otro a la furia por asociaciones secretas.

Pero lo que así puede decirse de los insultos, las burlas, las palabras de moda y los extranjerismos también puede decirse de los chistes, los lemas y las palabras de amor; y lo común a todas estas palabras, por lo demás tan desiguales, es que están al servicio de un afecto y que precisamente su imprecisión y su falta de objetividad las capacitan en el uso para desplazar ámbitos enteros de palabras más acertadas, objetivas y correctas. Evidentemente, en la vida existe a veces una necesidad de ello, y debe reconocérsele su valor; pero lo que ocurre en tales casos es sin duda estúpido, recorriendo, por así decirlo, los mismos caminos que la estupidez; esta relación puede estudiarse con la mayor claridad en un ejemplo capital y político de pérdida de la cabeza: el pánico.

Cuando algo actúa sobre una persona con una fuerza excesiva para ella, ya sea un susto repentino o una presión anímica persistente, puede ocurrir que esa persona haga de pronto «algo descabellado». Puede ponerse a gritar, en el fondo como un niño, huir «a ciegas» de un peligro o lanzarse a él igualmente a ciegas; puede apoderarse de ella una inclinación explosiva a destruir, insultar o lamentarse. En conjunto, en lugar de una acción adecuada exigida por su situación producirá multitud de otras que aparentemente siempre, y demasiado a menudo también realmente, carecen de propósito o incluso son contrarias a él. Esta clase de reacción se conoce mejor por el «terror pánico»; pero si la palabra no se entiende de manera demasiado estrecha, también puede hablarse de pánicos de ira, codicia e incluso ternura, siempre que un estado de excitación no logra satisfacerse de una manera tan viva como ciega y absurda.

Que exista un pánico de la valentía que solo se distingue del miedo por la dirección inversa de sus efectos fue observado hace ya mucho tiempo por un hombre tan ingenioso como valiente.
Psicológicamente, lo que ocurre al aparecer un pánico se considera una suspensión de la inteligencia y, en general, de la configuración espiritual superior, en cuyo lugar emerge una maquinaria anímica más antigua; pero cabe añadir que con la parálisis y el aislamiento del entendimiento no se produce en estos casos tanto un descenso hacia la acción instintiva como un movimiento que atraviesa este terreno hasta llegar a un instinto de extrema necesidad y a una forma última de acción de emergencia. Esta manera de actuar adopta la forma de una confusión completa, carece de plan y parece abandonada tanto por la razón como por cualquier instinto salvador; pero su plan inconsciente consiste en sustituir la calidad de las acciones por su número, y su no pequeña astucia se basa en la probabilidad de que entre cien intentos ciegos fallidos haya también un acierto. Un hombre que ha perdido la cabeza, un insecto que choca una y otra vez contra la mitad cerrada de una ventana hasta que por casualidad «cae» al exterior por la abierta, no hacen en su confusión otra cosa que lo que la técnica militar hace con reflexión calculadora cuando «cubre» un objetivo con una ráfaga o fuego de dispersión, e incluso cuando emplea metralla o una granada.
Dicho de otro modo, esto significa hacer que una acción voluminosa represente a una acción dirigida; y nada es tan humano como sustituir la calidad de las palabras o acciones por su cantidad.

Ahora bien, en el uso de palabras imprecisas hay algo muy semejante al uso de muchas palabras, pues cuanto más imprecisa es una palabra, mayor es el ámbito de aquello a lo que puede referirse; y lo mismo vale para la falta de objetividad.

Si estas cosas son estúpidas, a través de ellas la estupidez está emparentada con el estado de pánico, y tampoco el uso excesivo de esta acusación y sus semejantes estará demasiado lejos de un intento anímico de salvación mediante métodos arcaicos y primitivos —y, como probablemente pueda decirse con razón, patológicos—. Y, en efecto, en el uso correcto de la acusación de que algo es verdaderamente una estupidez o una vileza puede reconocerse no solo una suspensión de la inteligencia, sino también la inclinación ciega a destruir o huir sin sentido. Estas palabras no son solo insultos, sino que representan todo un ataque de injurias. Allí donde algo solo puede expresarse ya mediante ellas, la violencia física está cerca. Volviendo a ejemplos mencionados antes, en tales casos se atacan cuadros con paraguas (además, en lugar de atacar a quien los pintó), se arrojan libros al suelo como si así pudieran desintoxicarse. Pero también está presente la presión incapacitante que precede a todo ello y de la que se busca liberar: uno «casi se ahoga» de rabia; «ninguna palabra basta», salvo justamente las más generales y pobres de significado; uno «se queda sin palabras», tiene que «desahogarse». ¡Este es el grado de mudez, incluso de ausencia de pensamiento, que precede al estallido! Significa un grave estado de insuficiencia, y al final el estallido suele introducirse con las palabras profundamente transparentes de que «por fin algo se ha vuelto demasiado estúpido» para uno. Pero ese algo es uno mismo. En tiempos en los que se aprecia mucho una gran energía resuelta, es necesario recordar también aquello que a veces se le parece hasta confundirse con ella.

*

¡Señoras y señores! Hoy se habla mucho de una crisis de confianza de la humanidad, una crisis de la confianza que hasta ahora se depositaba aún en lo humano; también podría llamarse un pánico que está a punto de ocupar el lugar de la seguridad de que somos capaces de conducir nuestros asuntos con libertad y razón. Y no debemos engañarnos pensando que estos dos conceptos morales, y también moral-artísticos, libertad y razón, que han llegado hasta nosotros como emblemas de la dignidad humana desde la época clásica del cosmopolitismo alemán, gozaran ya de perfecta salud desde mediados del siglo diecinueve o poco después. Poco a poco quedaron «fuera de circulación», ya no se supo qué «hacer» con ellos, y que se los dejara encogerse fue menos obra de sus enemigos que de sus amigos.

Tampoco debemos engañarnos pensando que nosotros, o quienes vengan después, vayamos probablemente a regresar a estas ideas sin cambios; nuestra tarea, y el sentido de las pruebas impuestas al espíritu, será más bien —y esta es la tarea dolorosamente esperanzadora de cada generación, tan raras veces comprendida— realizar con las menores pérdidas posibles la transición siempre necesaria, y en verdad muy deseable, hacia lo nuevo. Y tanto más cuanto que se ha descuidado la transición, que debe producirse en el momento oportuno, hacia ideas transformadas que preserven lo esencial, para actuar así hacen falta nociones auxiliares de lo verdadero, razonable, significativo, inteligente y, por tanto, en reflejo invertido, también de lo estúpido. Pero ¿qué concepto o concepto parcial de la estupidez puede formarse cuando vacilan los del entendimiento y la sabiduría? Como pequeño ejemplo de cuánto cambian las concepciones con los tiempos, solo quisiera mencionar que en un manual de psiquiatría antaño muy conocido la pregunta:
«¿Qué es la justicia?»
y la respuesta:
«¡que castiguen al otro!»
se citaban como un caso de imbecilidad, mientras que hoy constituyen el fundamento de una concepción jurídica muy debatida. Temo, pues, que ni siquiera las exposiciones más modestas puedan concluirse sin señalar al menos un núcleo independiente de los cambios temporales. De aquí surgen aún algunas preguntas y observaciones.

No tengo derecho a presentarme como psicólogo ni quiero hacerlo, pero echar al menos una mirada fugaz a esta ciencia es seguramente lo primero de lo que cabe esperar ayuda en nuestro caso. La psicología antigua distinguía entre sensación, voluntad, sentimiento y facultad representativa o inteligencia, y para ella estaba claro que la estupidez era un grado bajo de inteligencia. Pero la psicología actual ha despojado de importancia la distinción elemental de las facultades del alma, ha reconocido la dependencia mutua y la interpenetración de las distintas funciones anímicas y, con ello, ha hecho mucho menos sencilla la respuesta a la pregunta de qué significa psicológicamente la estupidez.

Naturalmente, también según la concepción actual existe una independencia condicionada del rendimiento intelectual, pero incluso en las condiciones más tranquilas la atención, la comprensión, la memoria y otras cosas, casi todo lo que pertenece al entendimiento, dependen probablemente también de las cualidades del ánimo; a lo que se añade, tanto en la experiencia agitada como en la espiritualizada, una segunda interpenetración de inteligencia y afecto casi imposible de deshacer. Y esta dificultad de separar entendimiento y sentimiento dentro del concepto de inteligencia se refleja naturalmente también en el concepto de estupidez; y cuando, por ejemplo, la psicología médica describe el pensamiento de personas con debilidad mental con palabras como pobre, impreciso, incapaz de abstracción, confuso, lento, distraíble, superficial, unilateral, rígido, prolijo, hipermóvil, deshilvanado, puede reconocerse sin más que estas cualidades se refieren en parte al entendimiento y en parte al sentimiento.

Puede decirse, por tanto: la estupidez y la inteligencia dependen tanto del entendimiento como del sentimiento; y si depende más de uno o de otro, si, por ejemplo, en la imbecilidad la debilidad de la inteligencia «ocupa el primer plano» o en algún respetado rigorista moral lo hace la parálisis del sentimiento, puede dejarse a los especialistas, mientras nosotros los legos debemos arreglárnoslas con algo más de libertad.
En la vida se entiende normalmente por persona estúpida a alguien «un poco débil de la cabeza». Pero existen además las más diversas desviaciones mentales y anímicas por las que incluso una inteligencia innata intacta puede verse tan obstaculizada, contrariada y extraviada que el conjunto desemboque en algo para lo que el lenguaje vuelve a disponer únicamente de la palabra estupidez. Esta palabra abarca, pues, dos especies en el fondo muy distintas: una estupidez honrada y sencilla y otra que, de manera un tanto paradójica, es incluso signo de inteligencia. La primera se basa más bien en un entendimiento débil; la segunda, en un entendimiento que solo es demasiado débil en relación con algo, y esta es con mucho la más peligrosa.
La estupidez honrada es algo lenta para entender y tiene, como se dice, «pocas luces». Es pobre en ideas y palabras y torpe al aplicarlas.
Prefiere lo habitual porque su repetición frecuente se le graba, y una vez que ha comprendido algo no está dispuesta a dejar que se lo quiten tan deprisa, a permitir que se lo analicen ni a ponerse ella misma a sutilizar sobre ello. En general, ¡tiene no poco de las mejillas sonrosadas de la vida! Es cierto que a menudo su pensamiento es impreciso y que sus pensamientos se detienen con facilidad por completo ante nuevas experiencias, pero, a cambio, se aferra de preferencia a lo perceptible por los sentidos, que puede contar, por así decirlo, con los dedos. En una palabra, es la querida «estupidez luminosa», y si no fuera a veces también tan crédula, confusa y al mismo tiempo tan incorregible que puede llevar a uno a la desesperación, sería un fenómeno sumamente encantador.

No quiero privarme de adornar aún este fenómeno con algunos ejemplos que lo muestran también desde otros lados y que he tomado del manual de psiquiatría de Bleuler: un imbécil expresa lo que nosotros despacharíamos con la fórmula «médico junto a la cama del enfermo» con estas palabras:
«Un hombre, que le tiene la mano al otro, que está tumbado en la cama, luego hay allí una monja».
¡Es la manera de expresarse de un pintor primitivo!
Una criada no del todo lúcida considera una mala broma que se pretenda que entregue sus ahorros a la caja, donde producirán intereses: ¡nadie sería tan estúpido como para pagarle además algo por guardarle el dinero!, responde; y en ello se expresa una disposición caballeresca, una relación con el dinero que todavía podía observarse ocasionalmente en mi juventud entre ancianos distinguidos.
Por último, a un tercer imbécil se le anota como síntoma que afirme que una moneda de dos marcos vale menos que una moneda de un marco y dos medias, pues —así reza su razonamiento— hay que cambiarla y entonces se recibe demasiado poco.
Espero no ser el único imbécil en esta sala que coincide de todo corazón con esta teoría del valor para quienes no prestan atención al recibir el cambio.

Pero, para volver una vez más a la relación con el arte, la estupidez sencilla es realmente a menudo una artista. En lugar de responder a una palabra estímulo con otra palabra, como era muy habitual antaño en algunos experimentos, contesta directamente con frases enteras; y dígase lo que se quiera, esas frases tienen algo de poesía. Repito algunas de esas respuestas, mencionando primero la palabra estímulo:

«Encender: el panadero enciende la leña.
Invierno: consiste en nieve.
Padre: una vez me arrojó por las escaleras.
Boda: sirve para entretenerse.
Jardín: en el jardín siempre hace buen tiempo.
Religión: cuando uno va a la iglesia.
Quién fue Guillermo Tell: lo representaron en el bosque; había mujeres y niños disfrazados.
Quién fue Pedro: cantó tres veces».

La ingenuidad y gran corporeidad de tales respuestas, la sustitución de ideas superiores por el relato de una historia sencilla, la narración solemne de lo superfluo, de circunstancias y accesorios, y luego de nuevo la condensación abreviadora como en el ejemplo de Pedro, son prácticas antiquísimas de la poesía; y aunque creo que un exceso de ellas, como está muy en boga, acerca al poeta al idiota, tampoco puede negarse lo poético que hay en este, y arroja luz sobre el hecho de que el idiota pueda representarse en la poesía con un placer peculiar en su espíritu.

Frente a esta estupidez honrada, la pretenciosa estupidez superior se encuentra ahora en un contraste verdaderamente estridente con demasiada frecuencia. No es tanto una carencia de inteligencia cuanto su fracaso porque se arroga logros que no le corresponden; y puede poseer todas las malas cualidades del entendimiento débil, pero además todas aquellas que provoca un ánimo desequilibrado, mal desarrollado, de movilidad desigual; en suma, cualquier ánimo que se aparte de la salud.
Como no existen ánimos «normalizados», esta desviación expresa, dicho con mayor precisión, una interacción insuficiente entre las unilateralidades del sentimiento y un entendimiento que no basta para refrenarlas. Esta estupidez superior es la verdadera enfermedad de la formación (pero, para prevenir un malentendido: significa falta de formación, formación defectuosa, formación mal constituida, desproporción entre la materia y la fuerza de la formación), y describirla es una tarea casi infinita. Alcanza hasta la más alta espiritualidad; pues si la estupidez auténtica es una artista silenciosa, la inteligente es aquello que contribuye al movimiento de la vida espiritual, pero sobre todo a su inconstancia y falta de resultados. Hace ya años escribí sobre ella: «No existe sencillamente ningún pensamiento importante que la estupidez no sepa aplicar; es móvil en todas direcciones y puede vestir todos los ropajes de la verdad. La verdad, en cambio, solo tiene en cada ocasión un ropaje y un camino y siempre se encuentra en desventaja».

La estupidez de la que se habla aquí no es una enfermedad mental y, sin embargo, es la enfermedad del espíritu más peligrosa para la vida, la que amenaza a la propia vida.
Sin duda, cada uno de nosotros debería rastrearla ya dentro de sí y no reconocerla únicamente en sus grandes estallidos históricos.

Pero ¿cómo reconocerla? ¿Y qué marca inequívoca imprimirle? La psiquiatría utiliza hoy como criterio principal de los casos que le conciernen la incapacidad para orientarse en la vida, el fracaso ante todas las tareas que plantea o, de pronto, ante una en la que no cabía esperarlo. También en la psicología experimental, que se ocupa principalmente de las personas sanas, la estupidez se define de modo semejante. «Llamamos estúpida a una conducta que no realiza una tarea para la cual están dadas todas las condiciones excepto las personales», escribe un conocido representante de una de las escuelas más recientes de esta ciencia. Este criterio de la capacidad para una conducta objetiva, es decir, de la competencia, no deja nada que desear en los «casos» inequívocos de la clínica o de la estación de experimentación con monos; pero los «casos» que andan sueltos exigen algunos añadidos, porque el «cumplimiento de la tarea», correcto o incorrecto, no siempre resulta tan evidente en ellos.

En primer lugar, en la capacidad de conducirse en todo momento como lo hace bajo determinadas circunstancias una persona apta para vivir reside ya toda la ambigüedad superior de la inteligencia y la estupidez, pues la conducta «apropiada» y «competente» puede aprovechar el asunto para obtener una ventaja personal o servirlo, y quien hace una cosa suele considerar estúpido a quien hace la otra. (Pero médicamente estúpido solo es, en realidad, quien no puede hacer ninguna de las dos.)
En segundo lugar, tampoco puede negarse que una conducta carente de objetividad, e incluso contraproducente, pueda ser necesaria a menudo, pues objetividad e impersonalidad, subjetividad y falta de objetividad están emparentadas; y por ridícula que sea la subjetividad despreocupada, una conducta totalmente objetiva es, naturalmente, igual de imposible en la vida e incluso en el pensamiento; equilibrar ambas es una de las principales dificultades de nuestra cultura.

Y, finalmente, aún habría que objetar que en ocasiones nadie se comporta con tanta inteligencia como sería necesario, de modo que cada uno de nosotros es estúpido, si no siempre, sí de vez en cuando. Por ello también hay que distinguir entre fracaso e incapacidad, entre estupidez ocasional o funcional y permanente o constitucional, entre error e incomprensión. Esto pertenece a lo más importante, porque las condiciones de la vida son hoy tan opacas, tan difíciles, tan confusas, que las estupideces ocasionales de los individuos pueden convertirse fácilmente en una estupidez constitucional de la colectividad.

Así, la observación acaba llevando también fuera del ámbito de las cualidades personales, hacia la idea de una sociedad aquejada de defectos mentales. Es cierto que no se puede trasladar a las sociedades lo que sucede de manera psicológicamente real en el individuo, ni por tanto las enfermedades mentales y la estupidez; pero hoy podría hablarse en muchos casos de una «imitación social de defectos mentales»; los ejemplos son bastante importunos.

*

Con estos añadidos se ha vuelto a rebasar, naturalmente, el terreno de la explicación psicológica. Esta misma nos enseña que un pensamiento inteligente posee determinadas cualidades, como claridad, precisión, riqueza, flexibilidad pese a la firmeza y muchas otras que podrían enumerarse; y que estas cualidades son en parte innatas y en parte se adquieren, junto a los conocimientos que uno asimila, como una especie de destreza de pensamiento; pues un buen entendimiento y una cabeza hábil significan casi lo mismo. Aquí no hay que superar más que la inercia y la disposición natural; eso también puede entrenarse, y la cómica palabra «deporte mental» no expresa tan mal de qué se trata.

La estupidez «inteligente», en cambio, no tiene tanto como adversario al entendimiento cuanto al espíritu y, si no se quiere imaginar bajo este solo un montoncito de sentimientos, también al ánimo. Como los pensamientos y los sentimientos se mueven juntos, pero también porque en ellos se expresa la misma persona, conceptos como estrechez, amplitud, movilidad, sencillez y fidelidad pueden aplicarse tanto al pensamiento como al sentimiento; y aunque la relación que surge de ello aún no esté del todo clara, basta para poder decir que al ánimo también pertenece entendimiento y que nuestros sentimientos no están desconectados de la inteligencia y la estupidez.

Contra esta estupidez hay que actuar mediante el ejemplo y la crítica.
La concepción aquí expuesta se aparta de la opinión habitual, que no es en absoluto falsa, pero sí extremadamente unilateral, según la cual un ánimo profundo y auténtico no necesitaría el entendimiento y, de hecho, solo sería contaminado por él.

La verdad es que en las personas sencillas ciertas cualidades valiosas, como fidelidad, constancia, pureza del sentir y otras semejantes, aparecen sin mezcla, pero en realidad solo lo hacen porque la competencia de las demás es débil; y antes se nos presentó un caso límite en la imagen de la debilidad mental que asiente amablemente. Nada está más lejos de mí que querer rebajar con estas consideraciones el ánimo bueno y honrado —¡su ausencia tiene incluso una parte considerable en la estupidez superior!—, pero hoy es aún más importante anteponerle el concepto de lo significativo, cosa que, por supuesto, menciono ya solo de manera enteramente utópica.

Lo significativo une la verdad que podemos percibir en ello con las cualidades del sentimiento que cuentan con nuestra confianza para formar algo nuevo: una comprensión, pero también una decisión, una perseverancia renovada, cualquier cosa que posea contenido intelectual y anímico y nos «exija» a nosotros o a otros una conducta; así podría decirse. Y lo más importante en relación con la estupidez es que lo significativo resulta accesible a la crítica tanto por el lado del entendimiento como por el del sentimiento. Lo significativo es también el opuesto común de la estupidez y la brutalidad, y la desproporción general en la que hoy los afectos aplastan a la razón en vez de darle alas se funde en el concepto de significación. Basta de ello, quizá ya incluso más de lo que uno querría responsabilizarse. Pues si aún hubiera que añadir algo, solo podría ser esto: con todo lo dicho todavía no se ha proporcionado ninguna señal segura para reconocer y distinguir lo significativo, y probablemente tampoco sería fácil proporcionar una del todo suficiente.

Pero precisamente esto nos lleva al último y más importante remedio contra la estupidez: la modestia.

Ocasionalmente todos somos estúpidos; también debemos actuar a veces a ciegas o medio a ciegas, o el mundo se detendría; y si alguien quisiera deducir de los peligros de la estupidez la regla «¡Abstente de todo juicio y toda decisión sobre los que no entiendas lo suficiente!», nos quedaríamos paralizados. Pero esta situación, sobre la que hoy se hace tanto ruido, se parece a otra que conocemos desde hace mucho en el ámbito del entendimiento. Puesto que nuestro saber y nuestra capacidad son incompletos, en todas las ciencias debemos juzgar en el fondo prematuramente; pero nos esforzamos y hemos aprendido a mantener este error dentro de límites conocidos y corregirlo cuando se presenta la ocasión, con lo que vuelve a entrar cierta corrección en nuestros actos.

En realidad, nada se opone a trasladar este juzgar y actuar exactos y orgullosamente humildes también a otros terrenos; y creo que el propósito «¡Actúa tan bien como puedas y tan mal como debas, y mantente consciente de los límites de error de tu actuación!» ya sería la mitad del camino hacia una configuración prometedora de la vida.

Pero con estas indicaciones llevo ya un rato al final de mis consideraciones, que, como he adelantado a modo de protección, solo pretenden ser un estudio preliminar. Y me declaro, con un pie en la frontera, incapaz de seguir adelante; pues un paso más allá del punto en que nos detenemos y pasaríamos del ámbito de la estupidez, que incluso en la teoría conserva su variedad, al reino de la sabiduría, una región árida y generalmente evitada.

Conferencia pronunciada en Viena el 11 de marzo y repetida el 17 de marzo de 1937 por invitación del Werkbund austríaco.

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